Seguimos Batallando: Batalla de Izúcar y Tercer bombardeo de Buenos Aires



Batalla de Izúcar 23 de febrero de 1812
La Batalla de Izúcar fue una acción militar de la Guerra de Independencia de México, efectuada el 23 de febrero de 1812, en la actual localidad de Izúcar de Matamoros, Puebla. Los insurgentes comandados por el Gral. Mariano Matamoros lograron derrotar a las fuerzas realistas del brigadier Ciriaco del Llano. En esta batalla se distinguió quien fuera uno de los primeros presidentes de México, Vicente Guerrero.

Tercer bombardeo de Buenos Aires 4 de marzo de 1812

El 23 de septiembre de 1811 cae en Buenos Aires la Junta Grande y se hace cargo del poder ejecutivo el Primer Triunvirato, el cual el 20 de octubre de 1811 firma con Elío un armisticio el cual, siguiendo los lineamientos fundamentales planteados en julio, devolvía al control español no sólo la Banda Oriental sino también las villas entrerrianas de Gualeguaychú, Gualeguay y Concepción del Uruguay, y abandonaba a las milicias orientales a su suerte. El acuerdo incluía el retiro de las fuerzas portuguesas que al mando de Diego de Souza habán invadido la Banda Oriental el 17 de julio.
Habiendo retornado Elío definitivamente a España el 18 de noviembre, asumió con el título de Gobernador de Montevideo Gaspar de Vigodet. Resuelto a hacer fracasar el acuerdo, envió al capitán de fragata José Primo de Rivera y Ortiz de Pinedo a reconvenir a Buenos Aires por el incumplimiento del tratado en razón del apoyo encubierto que continuaba brindando a las milicias orientales. Si bien esto era cierto, tampoco Lecor había hecho efectivo el repliegue acordado. La respuesta del gobierno revolucionario fue darle dos horas para abandonar la ciudad, por lo que el 6 de enero de 1812 se cerraba el puerto de Montevideo y Vigodet daba por implícitamente roto el armisticio.
El 26 de enero el capitán de navío Miguel de la Sierra reemplazó en la comandancia de Montevideo al brigadier José María Salazar, y se dieron órdenes de reiniciar las operaciones sobre Buenos Aires. El 4 de marzo la escuadra bloqueadora, compuesta por 7 buques, incluido el bergantín Cisne, al mando de Primo de Rivera, abandonó su fondeadero habitual y entró en balizas donde tomó posiciones al mediodía.
El gobernador intendente de la ciudad, el coronel Miguel de Azcuénaga y Basavilbaso, ordenó alistar las baterías del muelle y de la fortaleza, pero considerando el gobierno que estaban aún pendientes las negociaciones con Montevideo (o cuando menos no se había dado por caído formalmente el acuerdo) dispuso que no se iniciaran las hostilidades, por lo que se perdió la oportunidad de operar con las baterías del muelle mientras el enemigo maniobraba para tomar posición.
Primo de Rivera pudo dar ancla sin oposición frente al muelle. Sin mediar parlamento o intimación alguna abrió fuego a bala rasa sobre las baterías, el queche Hiena al mando de Tomás Taylor y una cañonera patriota. Como en las anteriores ocasiones el entusiasmo del vecindario fue evidente concentrándose en la ribera y en la Plaza Mayor. Una multitud transportó en brazos dos cañones de a 24 a la ribera, donde se montó rápidamente una tercer batería. Otros recorrían la zona bajo fuego para recoger los proyectiles arrojados por el enemigo y ponerlos a disposición de las baterías.
Tras cincuenta minutos de intercambio de fuego vivo, la escuadrilla realista se retiró. Las averías y bajas de ambas partes no fueron significativas. Los proyectiles y munición consumidos por Primo de Rivera, especialmente en la situación de Montevideo, valían mucho más que los perjuicios ocasionados.
No hubo nuevos bombardeos al Buenos Aires: habían fracasado en todo aspecto, desperdiciado recursos escasos y fortalecido al enemigo. Tanto el primero, que pretendía atemorizar al vecindario y obligar así al gobierno a someterse a las condiciones de Elío, como los restantes que se concentraron en mayor medida en aniquilar tempranamente las escasas fuerzas navales patriotas antes que dejaran de ser una molestia para la escuadra bloqueadora y se convirtieran en una amenaza no lograron sus objetivos e incluso fueron contraproducentes: los daños fueron mínimos, se fortaleció el patriotismo de los ciudadanos y los realistas cedieron incluso la victoria moral a sus adversarios faltando a las normas de guerra cuando menos en el primer ataque, al bombardear sin aviso una ciudad indefensa.
Con sus recursos dismuyendo rápidamente y sin posibilidad de obtenerlos en la medida de sus necesidades de una metrópoli que luchaba por su supervivencia, Vigodet debió en marzo de ese año dirigirse al Virrey del Perú, José Fernando de Abascal y Sousa. Asimismo, decidió concentrar los esfuerzos de su flota en mantener repetidas incursiones de hostigamiento y aprovisionamiento recorriendo las riberas de los ríos interiores.
El gobierno de Buenos Aires se consolidó lo suficiente para que, ya el 20 de mayo, estuviera en condiciones de adquirir suficiente armamento para, tomando ventaja del armisticio acordado el 24 de ese mes con el enviado plenipotenciario de la corte portuguesa Juan Rademaker que aseguraba finalmente el retiro efectivo de las fuerzas de ocupación en la Banda Oriental, emprender el segundo sitio de Montevideo.